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Solar Impulse

Solar Impulse RTW: Una noche peligrosa

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Hay días en que la vida parece decirnos que “nada volverá a ser lo mismo”. Y lo que está pasando ahora, a miles de kilómetros de nuestro Centro de Control de la Misión en Mónaco, muy lejos a través de este inmenso océano Pacífico, nos deja un mensaje lleno de incertidumbre y esperanza al equipo de Solar Impulse.

Ahora mismo, a 8.000 pies sobre el agua negra en el punto N24º W167, André acaba de alcanzar su hora de vuelo número 90 cruzando el Pacífico entre Nagoya y Hawaii. Después de dos intentos fallidos, incluida una devastadora cancelación pocos minutos antes del despegue, a la tercera fue la vencida: Si2 se puso en marcha temprano en la mañana desde Nagoya, el 28 de Junio a las &:03 PM (UTC), dejando Japón detrás para embarcarse en una proeza sin precedentes durante la cual André verá el sol salir 5 veces desde la cabina del piloto.

Solar Impulse

Christophe Béesau en el Centro de Control de la Misión. Foto: innovation-makers.com (blog Innovation Makers – Made in Altran)

El salto a lo desconocido desencadenó una descarga masiva de adrenalina para él y para nosotros, aquí en el MCC (Centro de Control de la Misión). ¿Cómo evolucionarán las condiciones meteorológicas durante las siguientes 120 horas, que es la duración aproximada del vuelo? ¿Puede un ser humano permanecer confinado 5 días y cinco noches en la cabina del piloto, con un tiempo de descanso limitado y temperaturas que oscilan entre +30ºC y -20ºC? ¿Cómo se comportará el avión en un vuelo que excede la duración convencional (20 horas máximo), con la tecnología empujando al límite?

En una atmósfera increíble, mezcla de serenidad y excitación, calmada y a la vez electrizante, André enciende los motores en la pista de despegue a Nagoya. El silbido característico de las cuatro hélices rasgó el aire mientras el alba estaba por aparecer. Mantuvimos la respiración colectivamente mientras yo contaba de forma mecánica los segundos para el definitivo despegue. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete… La cuenta acaba rápidamente, la gran libélula está muy iluminada y eficientemente monitorizada. Después de estas largas semanas de espera, sintiendo frustración e impaciencia, ahora estábamos listos. Todas aquellas pruebas de vestuario no sirven para nada a la hora de disminuir la importancia del momento. Las miradas se intercambiaban en silencio, todo el mundo concentrado en las incontables horas de vuelo que se nos venían encima, haciendo una lista mental con todos los momentos cruciales del vuelo.

El monitor de control ahora muestra que estamos cerca de las 91 horas de vuelo, que es lo mismo que decir casi 4 días con sus 4 noches. Esta noche es la más dura de todo el vuelo: porque es la más larga desde que estamos volando en latitudes cada vez más bajas (aproximándonos al Trópico de Cáncer),  porque nuestro camino está cada vez menos orientado al este y más al sur, sin cubrir el espacio entre nosotros y el amanecer. Además, nos estamos acercando a una zona en la que podemos encontrarnos algunas turbulencias en las capas del medio, que hace que sea realmente muy cansado para André.

De cara a enfrentarse a estos temas, el equipo de Simulación ha trabajado en los factores de optimización, el perfil de vuelo y el uso de la energía. Justo antes de la caída del sol, le explico a André los detalles específicos que la última sesión de cálculos nos ha aportado sobre esta particular noche: el amanecer y la puesta de sol, orientando las alas hacia el este al alba, antes de saber finalmente que hemos pasado satisfactoriamente esta peligrosa noche.

Delante de nosotros, solo 12 horas de viaje, el último gran obstáculo para este vuelo será un frente de aire que deberemos superar escalándolo a plena luz del día.

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